El mensaje global para esta Semana Santa se centra en la recuperación de la humanidad y el reconocimiento de que Dios salva y libera en un contexto marcado por la guerra, la injusticia y la deshumanización.
En primera instancia lo que se nos pide es recuperar la humanidad a través del servicio: En un mundo «entre guerras» (como Ucrania y Medio Oriente), donde el imperialismo y el colonialismo crecen sobre cadáveres de gente inocente, la humanidad pierde su esencia. Así, el mensaje central es que la humanidad puede trascender y renovarse mediante el encuentro con Cristo en la Eucaristía y el servicio a los más necesitados y a los que sufren. Jesús nos propone un «nuevo éxodo» para salir de la violencia y la muerte, lavando los pies incluso de quienes traicionan y/o los tienen manchados de sangre.

En segundo lugar no tenemos que perder de vista la salvación de las víctimas y el triunfo de la justicia: El mensaje global de la Escritura es que Dios salva a la humanidad oprimida por el pecado, por estructuras humanas injustas y los poderosos que se creen dueños del mundo. La Resurrección de Jesús es el cumplimiento de la promesa de que Dios devuelve la vida al justo y al inocente que ha sido juzgado injustamente, condenado por tribunales corruptos y asesinado con impunidad. Por ello, esta Pascua es una invitación a esperar la resurrección de todas las víctimas de la violencia, la explotación, el abandono y los problemas de salud mental.

En tercer lugar, contar la historia en primera persona: Se hace un llamado a que el cristiano no se limite a repetir «cuentitos» o tradiciones vacías, sino que hable desde su experiencia directa de encuentro con Jesús. Si el creyente no es capaz de decir por sí mismo quién es Jesús y cómo ha cambiado su vida y la de su entorno, el mundo contará la historia por él, a menudo de forma despiadada, etiquetándolo como mediocre o hipócrita.

En cuarto lugar, la humildad frente a la soberbia y el remordimiento: A través de la figura de Judas, se advierte sobre la perversión de la mirada que ocurre cuando anidan la soberbia y la avaricia, valorando más los intereses materiales que a las personas o al mismo al Salvador. Se propone, en esta línea, transitar del remordimiento a la paz mediante la humildad de no escandalizarse del propio pecado, límite o error y recurrir a la misericordia divina en lugar de los lugares equivocados de esta cultura (individualismo, sectarismo, consumismo, violencia) que generalmente nos llevan a la desesperación.

Por último, aprender a mirar a la realidad desde las víctimas, en silencio y con sobriedad: El Sábado Santo nos invitaba a mirar el mundo como lo hacen las víctimas (Jesús, María y todos los crucificados de la historia), quienes no miran desde el odio, sino desde la comprensión y el perdón, interpelando a los cristianos a «bajar a las víctimas de la cruz». Asimismo, esta perspectiva nos sigue desafiando a recuperar el sentido profundo de las prácticas cuaresmales (ayuno, abstinencia, silencio) y de la praxis pastoral en general, dejando de lado lo superfluo para conectar con lo esencial cuidando la salud mental, física, espiritual y comunitaria en un mundo ruidoso y enfermo.

Pbro. Germán Brusa




